En 1978, Pedro Meyer entró al búnker de Anastasio Somoza y escuchó de labios del dictador una sentencia estremecedora: «Estos nicaragüenses ilusos creen que van a quitar a Somoza y todo se va a arreglar, y no es así». Mientras afuera la Guardia Nacional sembraba el terror, su cámara registraba los rostros de un país que todavía ignoraba el precio de su futuro.
Esta exposición no reconstruye una guerra: la hace volver a respirar. Enfrenta al poder con sus víctimas, la esperanza con sus consecuencias y la historia con su más amarga ironía. Visitarla es entrar en aquel instante en que todo parecía posible y descubrir, casi medio siglo después, que algunas palabras continúan ardiendo.